Ray Loriga, ¿el último maldito?

Ray Loriga podría perfectamente haber sido un ícono rocker con todas sus letras. Casado con Christina Rosenvige (sí, la misma de los subterráneos), es la imagen del rebelde inconformista tatuado, excéntrico y drogadicto. Pero todo lo anterior lo plasmó no en la música sino que en las letras, donde dio vida a antihéroes y personajes empapados de soledad y frustaciones, como un verdadero hijo de Bukowski y Carver.
Hace algunas semanas se reeditó su más célebre obra, "Tokio ya no nos quiere", un impresionante y frenético relato de un ser que se destruye a sí mismo por olvidar.
En la novela, el protagonista es un dealer, un hombre dedicado a la comercialización de esta droga que reduce la memoria y que poco a poco va eliminando sus propios recuerdos. Se mueve en la ficción de un mundo futurista, donde al parecer todo estaría resuelto menos la incapacidad humana de sobreponerse al dolor. “Es el recuerdo, no el olvido, el verdadero invento del demonio”, dice, mientras todo en su memoria se va borrando. Todo menos lo que aún no ha superado: un amor del pasado.
Este nuevo mundo globalizado posee helicópteros y aviones que cumplen el papel de los automóviles, recorriendo ciudades desde Bangkok, Arizona, Ho Chi Minh, Tucson, Phoenix, Colorado, Berlín, París, hasta Madrid. Aquí, la muerte puede superarse con programas virtuales de reencarnación en donde el fallecido vuelve a la vida a través de una máquina. El virus del sida ya no existe, por lo que el sexo en todas sus formas abunda como torrente desenfrenado, lo mismo que las drogas y las cervezas. Hombres y mujeres son libres, pero no felices, y eluden el sufrimiento de la pérdida comprando la droga milagrosa.
“Tokio ya no nos quiere” es, de principio a fin, una novela indescifrable, perturbadora y sobre todo, fascinante. Puede ser considerada como una novela negra de personajes desencantados, un tipo “road movie” con bitácora de viaje, cargada al realismo sucio y desganado. “Ahora puedo vivir los días, uno tras otro, y olvidarlos, uno tras otro, para que no estorben. Ahora sé que mañana, pase lo que pase, no habrá pasado nada”, es la rúbrica del único protagonista quien vive en un mundo extremo futurista, posmoderno, pero inquietantemente similar al nuestro.
Una cultura de masas degenerada, un mundo de transparencia mediática y vacío. La televisión como referente del mundo y única compañía de este “dealer” en su paso de hotel en hotel, revela imágenes desgarradoras, satíricas e increíbles. “Un mexicano muerto en un simulador de vuelo”, “un avión se estrella cerca del zoológico en Lima y los animales se encargan de comerse los cuerpos”, “un incendio en un hospital”. Así se va estableciendo finalmente un sistema de indiferencias. El protagonista dice: “me duermo tranquilamente mirando el edificio envuelto en llamas”.
En la novela, por supuesto, hay algo fascinante, de pesadilla, que nos obliga a permanecer pasmados entre las páginas, y llegar a la conclusión, al final, de que quizás no haya nada que entender.
El propio Loriga, ha manifestado un pensamiento que privilegia el individualismo, apoyando un mundo desmembrado y autónomo frente a la constante demanda de la sociedad por adscribirse a una postura en particular. “Nada sucede ya que no nos obligue a agruparnos, a favor o en contra, ni hay individuo que no arrastre con sus dudas una cadena de sospecha. Todo lo que se agrupa, por desgracia se amontona, y todo lo que se amontona tiende a diluir nuestro perfil como individuos. Afortunadamente los escritores no se amontonan, por más que se flete un avión rumbo a cualquiera de esas ferias insignificantes que se reaparten por el mundo. La literatura sobrevive cuando las monstruosas piezas de todo lo demás no encajan”.
Así es el autor de “Tokio ya no nos quiere”, la novela que lo situó en el paseo de la fama de los escritores serios y reconocidos por la crítica. ¿De los malditos? Juzgue usted.
Etiquetas: Letras


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